domingo, 23 de abril de 2023

ORACIÓN EN EL BLACK FRIDAY

Ocho mil millones de seres humanos. 

Lo dice la ONU. 

¿Y Tú, qué dices?

Sí a la vida entre las sombras de sombras.

(Pero muchos vemos sombras y más sombras detrás de las sombras.)

¿Quedan testigos de la esperanza?

Mirad a los monjes, nos dices.


¿Habrá petróleo para todos dentro de 15 años?

se preguntan los que de verdad y humildemente,

saben de economía y de flujos y existencias.

(… comida razonable sabemos que no.)

¿Y Tú, qué dices?

Bienaventurados los pobres.

(Pero muchos, muchos necesitamos imperiosamente

más reino más ya más aquí.)

¿Quedan testigos de la austeridad humanizada?

Mirad a los monjes, nos dices.


Usamos complicadísimas y caras tecnologías

en convertir materiales y energía

en productos que generan sentimientos y desperdicios

como si hubiera sido siempre así

y fuera a durar siempre este extraño proceso

¿Y tú, qué dices?

Vigilate et orate.

(Pero nos interesa más nuestro ego o nuestro perro

que las razones últimas por las que buscamos amar y ser amados.)

¿Quedan testigos de la presencia del misterio?

Mirad a los monjes, nos dices.


TANTA DUREZA DE CORAZÓN

¿Cómo saber, Dios, que las decisiones necias de los malvados que crepitan en la geología la historia no pueden impedir la salvación que tú nos has dado y que intuimos en los silencios sonoros de nuestro corazón cuando nuestros ávidos egos dejan su ansiedad y su tiranía?


Hay veces que pareciera, Dios, que la dureza de corazón no es la fundamentación primordial, reptiliana, de toda la aventura humana.


VIVIR SE HA PUESTO RESBALADIZO


Dios de los hombres.

El vivir cada día es más resbaladizo

en estas ciudades hostiles,

codiciosas,

que nunca duermen.


Ciudades que, sin piedad,

ingurgitan,

crudos,

todos los amaneceres,

a los que entran,

como enjambres alucinados,

por sus túneles,

por sus autopistas,

por sus trenes,

camino de sus sofisticadas 

y prestigiosas sirgas.


Dios de los hombres.

- ¿De qué si no? -.

Tenemos la sensación

de que no podemos huir

de las semanas inmundas 

que nos tocan vivir.

Nos sentimos vulnerables,

llenos de incertidumbres,

ambiguos.

Vivimos disfrazados con obscenas pólizas de seguros,

pero nos asemejamos a yonquis 

aislados en nuestras redes

con miradas amarillosas. 


Dios de los hombres.

Insisto.

Estas son nuestras condiciones reales,

diarias

en las que nuestros cuerpos

sobreviven

girando y girando

desquiciados

entre escombros culturales

y nuestras sombras 

nos aúllan

de día y de noche

como un tinnitus oxidado

que ruge

y ruge

y ruge.


Nuestra fe hiberna.

Rezamos como podemos

porque nadie nos ha enseñado

a rezar en estos tiempos de escombros.

No sabemos bien

si anhelamos tu presencia

o generamos 

una inmensa alucinación

arcaica,

abisal…

que acentúa aún más

los fracasos, 

las irrealidades,

las desesperanzas.


Dios de los hombres.

¿Somos presagios de ruinas

con nombres propios?


Dios de los hombres.

¿Dónde estás?


CASI CEGADO

Casi a ciegas vago en estos tiempos tan inciertos y tan extraños. 


Casi a tientas con mis manos como muñones.


Casi cegado con hambre de luz.


Veo destellos. Pero tengo miedo.


¡Ven ya, Señor!


Casi a ciegas transcurro, sin reconocer, en serio, que me sustenta tu amor.


Vago casi a ciegas. Y resentido… por las calles de mis ciudades, tantas veces tan inhóspitas, tan ruidosas, tan feas. Hambre de paz. Hambre de comunión. Hambre de belleza. Veo destellos. Pero no me fío. ¡Ven ya, Señor!


Casi como un ciego. Mutilado. Receloso. Incluso con pavor transcurro entre escombros y centelleos nada claros en estos tiempos tan ambiguos y tan falsos, tan llenos de esperanza y tan ricos de intuiciones que cuidan la vida… Pero muchas veces solo soy capaz de ver sombras como si fueran los preludios del fin de los tiempos. 


Hay tanta codicia. Hay tanta mentira. Hay tanta herida… en otros y en mí. En otros y en mis palabras. En otros y en mis presencias. Sí. Es así. 


Casi a ciegas, cansado, agobiado me dejo llevar por las corrientes poderosas de los ídolos, de la publicidad, de los espejismos. Y soy casi uno más de los que jalean de pensamiento, palabra y obra lo maligno de este mundo. Sí, casi una hiena entre las hienas. ¡Ven ya, Señor!


¡Ven ya, Señor! Sé mi alegría auténtica. Sé mi consuelo auténtico. Sé mi paz serena. Sé mi alimento. Sé mi abrazo. Sé mi silencio primero y último.


¡Ven ya, Señor! Colma mi hambre de vida, de amor, de autenticidad. Hambre de ti. Hambre de Dios. Un hambre como sólo puede ser el hambre de un hombre entre hombres que son solo hombres… Un hombre con hambre que sabe que ser sólo hombre entre hombres no basta. No sacia. No llena. Hombre entre hombres: humo, polvo, nada.


¡Ven, ven ya, Señor! Sé que vienes tú mismo por mí mismo.  ¡Así, Tú, ven…! Sé que no puede ser de otra manera, que serás el Dios con nosotros ahora y siempre… Sé que hablaron los profetas. Sé que los santos lo proclaman con sus vidas. Sé que los místicos callan, asombrados, ante tu fascinante susurro que hace música de una caña rota.


¡Ven amor sobre todo amor! ¡Ven vida sobre toda vida! ¡Ven comunión sobre toda comunión! 


¿Para cuándo esperas poner paz en mi corazón partido, apaleado, sediento! ¡Ven! ¡Ya! ¡Ahora!


¡Ven ya, Señor que casi no puedo ni nombrar tu nombre, ni buscar tu rostro, ni arrodillarme…!


IMPACIENCIA DE LUZ.

Impaciencia de luz, Dios. Sé que es una de las insidias de la ávida condición humana exigirte y exigirte y exigirte como un infame gánster de los barrios bajos de Chicago . 


Impaciencia de luz, Dios, en las ciudades, troqueladoras de monedas tóxicas que nos hacen enfermar de irrelevancia y soledad.


Impaciencia de luz, oh, Dios. Rezar se ha vuelto raro, alternativo. revolucionario. Hay gente que me trata como a un enloquecido. 


Impaciencia de luz, oh, Dios, desde mi corazón herido, desvertebrado, tiritando como un perrillo perdido en una ciudad ruinosa. 


LA PREGUNTA DEL FURTIVO

Cristo Jesús, ¿quién eres? ¿Llevas en tu corazón la suerte del mundo, mi suerte…?


Insomne, aquí, ahora, te pregunto como un furtivo, sediento, como un irredento en ciudades de angustia que respira el peso de su biografía, y, tartamudo, lanza sus preguntas como si atravesaran siglos de ruinas pegando tiros hacia ti, preguntas como si aún no hubieras muerto, como si aún pudieras agraciar a algún testigo de tu presencia extraña que no haya huido de sus huidas.


Cristo Jesús, ¿quién eres? Busco tu compasión porque mi biografía puede ser leída como una historia de alguien dañado que daña.


Cristo Jesús, ¿quién eres? ¿Cómo sanas?


Ábreme los ojos para verte. Como los abrió la adúltera. Ábreme las entrañas para consolarme. Como María Magdalena. Ábreme el corazón, parasitado de pánicos, de miedos, de irrealidades. Como los endemoniados a los que curaste.


Atraviesa mis miedos, mis sombras, mi ávido ego que es un perro insaciable que me arrastra y desuella. 


Encuéntrame. Seréname. Tengo miedo de enloquecer.


Me duele mucho el pecho. Hace frío. Duermo muy mal.


PREGUNTAS EN MEDIO DE LA CIUDAD

Dios amoroso,

los que dicen conocerte/controlarte van de negro, negro, negro.

Creen que Te manosean.

Creen que Te encapsulan.

A veces, intuyo, que quisieran golpearnos por nuestro bien

con la celda dorada

con la que creen que Te exhiben como un trofeo de caza.


Dios presencia,

¿Cómo entender tus promesas de salvación?

Los que dicen entender son aburridos y dicen palabros como soteriología.

Pretenden encerrarte en ecuaciones inverificables,

a Ti, sembrador del ansia ,

niebla que queda en la quietud del cuerpo y del alma. 


Dios camino,

¿Qué debo/puedo cambiar en mi mente y en mi corazón?

Los que se consideran nuestros apacentadores reburbujean catecismo y derecho canónico.

No responden a lo que inquieta mi corazón

con sus brochazos/latigazos de doctrinas de segunda o tercera mano. 


¿Qué sustenta las metáforas de nuestros lenguajes acerca de ti?

Rezo como puedo con raspas de corazón herido.

Rezo cuando puedo con despojos de palabras y emociones.

Rezo y rezo y rezo desde las aceras craqueladas de mis ciudades.


¿Cómo sabemos de tu presencia, abisal, luminosa, vital entre nosotros?


¿Dónde ver tu luz?


¿Cómo?


Muchas veces intuyo que es mejor callar,

silenciarse.

Silenciarse y silenciarse

entre tanto y tanto escombro.