Nuestra sensibilidad fermentada, aporofóbica, nos define en estos tiempos afeados. No somos conscientes de que se disuelven, lentamente, las capacidades poéticas. Vivimos parasitados por los isótopos del lucro, de los incentivos, de la soberbia, aislados en ciudades de torres ácratas donde una dominante waste land de cemento y grises vidrios blindados enrarece cualquier sistema de comunicación. Olemos a ruidos. Olemos a frustración. Olemos a parque temático en disolución.
Vivimos ciudades que nos aturden y nos impregnan de ansiedades y zozobras casi irremediables - el director del banco histérico/extasiado, y su manómetro que mide el cruel avatar de los dólares. Ciudades donde nadie conoce a nadie. Ciudades sin ruidosas, sin moral, todo casi robots. Ciudades donde los daños colaterales -las tristezas -, como si no existieran, pero son úlceras inexorables. Ciudades donde parece que no hubiera barrios marginales. Ciudades donde duelen los ojos incapaces de intuir belleza en los árboles que subsisten en las aceras. Ciudades donde duelen los oídos en los ascensores incompresibles de lujo transeúnte - el dinero es redondo rueda, rueda, rueda…-. Ciudades donde las élites extractivas, aunque sean de rancio abolengo bancario, ya saben lo que es el dolor de las yemas de los dedos: rápidamente aprendieron a hozar como jabalíes en los criptomonederos virtuales.
Ciudades, ciudades, ciudades lacerantes.
Ciudades a las que odiamos, desollados. Ciudades donde odiamos, sin saberlo. Ciudades donde vivir se ha vuelto sobrevivir de crisis en crisis. Aunque uno, lúcido, huya de estas conurbaciones de pecados capitales, hay decenas y decenas, políglotas, ávidos cachorros de escuelas de negocios, al acecho, con voluntad de lucro impune a costa de lo que sea, de lo que sea, de lo que sea.
Creemos que vivir es así, transcurrir como seres biodesagradables, seres resentidos, seres que sospechan constantemente de otros que los rodean, como si lo más auténtico de su identidad fuera su cerebro reptiliano.
Tedio, vacío, aislamiento.
Desolación de asfalto, de ultraprocesados, de euros aciagos.
Caminar, reptar de ofidios.
Nos da miedo reconocer que somos seres fungibles, intercambiables, vestidos casi iguales, elegantemente, carne de mezquindades sin biografía, al olor del oro, al olor del prestigio, al olor de los Rolex.
Breviario de podredumbre, irremediable.
Acaso hay un único error: olvidar que da más fuerza sentirse amado que creerse fuerte.
¿Dónde están los síntomas de que somos capaces de Ti, Dios, Dios de los hombres? ¿Dónde la posible santidad? ¿Cómo la posible redención?