¿Cómo saber, Dios, que las decisiones necias de los malvados que crepitan en la geología la historia no pueden impedir la salvación que tú nos has dado y que intuimos en los silencios sonoros de nuestro corazón cuando nuestros ávidos egos dejan su ansiedad y su tiranía?
Hay veces que pareciera, Dios, que la dureza de corazón no es la fundamentación primordial, reptiliana, de toda la aventura humana.