Dios de los hombres.
El vivir cada día es más resbaladizo
en estas ciudades hostiles,
codiciosas,
que nunca duermen.
Ciudades que, sin piedad,
ingurgitan,
crudos,
todos los amaneceres,
a los que entran,
como enjambres alucinados,
por sus túneles,
por sus autopistas,
por sus trenes,
camino de sus sofisticadas
y prestigiosas sirgas.
Dios de los hombres.
- ¿De qué si no? -.
Tenemos la sensación
de que no podemos huir
de las semanas inmundas
que nos tocan vivir.
Nos sentimos vulnerables,
llenos de incertidumbres,
ambiguos.
Vivimos disfrazados con obscenas pólizas de seguros,
pero nos asemejamos a yonquis
aislados en nuestras redes
con miradas amarillosas.
Dios de los hombres.
Insisto.
Estas son nuestras condiciones reales,
diarias
en las que nuestros cuerpos
sobreviven
girando y girando
desquiciados
entre escombros culturales
y nuestras sombras
nos aúllan
de día y de noche
como un tinnitus oxidado
que ruge
y ruge
y ruge.
Nuestra fe hiberna.
Rezamos como podemos
porque nadie nos ha enseñado
a rezar en estos tiempos de escombros.
No sabemos bien
si anhelamos tu presencia
o generamos
una inmensa alucinación
arcaica,
abisal…
que acentúa aún más
los fracasos,
las irrealidades,
las desesperanzas.
Dios de los hombres.
¿Somos presagios de ruinas
con nombres propios?
Dios de los hombres.
¿Dónde estás?