domingo, 23 de abril de 2023

CASI CEGADO

Casi a ciegas vago en estos tiempos tan inciertos y tan extraños. 


Casi a tientas con mis manos como muñones.


Casi cegado con hambre de luz.


Veo destellos. Pero tengo miedo.


¡Ven ya, Señor!


Casi a ciegas transcurro, sin reconocer, en serio, que me sustenta tu amor.


Vago casi a ciegas. Y resentido… por las calles de mis ciudades, tantas veces tan inhóspitas, tan ruidosas, tan feas. Hambre de paz. Hambre de comunión. Hambre de belleza. Veo destellos. Pero no me fío. ¡Ven ya, Señor!


Casi como un ciego. Mutilado. Receloso. Incluso con pavor transcurro entre escombros y centelleos nada claros en estos tiempos tan ambiguos y tan falsos, tan llenos de esperanza y tan ricos de intuiciones que cuidan la vida… Pero muchas veces solo soy capaz de ver sombras como si fueran los preludios del fin de los tiempos. 


Hay tanta codicia. Hay tanta mentira. Hay tanta herida… en otros y en mí. En otros y en mis palabras. En otros y en mis presencias. Sí. Es así. 


Casi a ciegas, cansado, agobiado me dejo llevar por las corrientes poderosas de los ídolos, de la publicidad, de los espejismos. Y soy casi uno más de los que jalean de pensamiento, palabra y obra lo maligno de este mundo. Sí, casi una hiena entre las hienas. ¡Ven ya, Señor!


¡Ven ya, Señor! Sé mi alegría auténtica. Sé mi consuelo auténtico. Sé mi paz serena. Sé mi alimento. Sé mi abrazo. Sé mi silencio primero y último.


¡Ven ya, Señor! Colma mi hambre de vida, de amor, de autenticidad. Hambre de ti. Hambre de Dios. Un hambre como sólo puede ser el hambre de un hombre entre hombres que son solo hombres… Un hombre con hambre que sabe que ser sólo hombre entre hombres no basta. No sacia. No llena. Hombre entre hombres: humo, polvo, nada.


¡Ven, ven ya, Señor! Sé que vienes tú mismo por mí mismo.  ¡Así, Tú, ven…! Sé que no puede ser de otra manera, que serás el Dios con nosotros ahora y siempre… Sé que hablaron los profetas. Sé que los santos lo proclaman con sus vidas. Sé que los místicos callan, asombrados, ante tu fascinante susurro que hace música de una caña rota.


¡Ven amor sobre todo amor! ¡Ven vida sobre toda vida! ¡Ven comunión sobre toda comunión! 


¿Para cuándo esperas poner paz en mi corazón partido, apaleado, sediento! ¡Ven! ¡Ya! ¡Ahora!


¡Ven ya, Señor que casi no puedo ni nombrar tu nombre, ni buscar tu rostro, ni arrodillarme…!