RASPAS DE FUEGO.001
MIS ANGUSTIAS CASI ME PARALIZAN
Mis angustias casi me paralizan. Me guarezco, cobarde, precario, en los boquetes opacos de mis límites, tan reales como imaginarios, retrayéndome hacia las troneras de la dureza de mi corazón como si huyera de la infinidad de posibilidades de sembrar ternura en estas ciudades donde habito, a veces tan hostiles, tan ebrias en ríos de falso oro, con tantos ojos locos, ávidos de paparruchas. El miedo a amar anquilosa, diezma las impredecibles capacidades de crecimiento de la calidad humana. Siempre ha sido así.
Maldigo esta altura mezquina de los tiempos, pero la alimento día a día, envidia a envidia, extraídas de mis pozos reptilianos. No puedo no ser un hijo, un espejo pertinente de este tiempo que me toca vivir, un vulgar síntoma de pensamiento, palabra y obra del fracaso vergonzante de siglos y siglos de imperios armados hasta los dientes de acero, oro e ideologías atroces que tanto y tanto sufrimiento inútil han provocado y provocan, que tan sacrílegos se han manifestado con los esclavizados y masacrados de la historia , que tan cínicamente imperan, terribles, como una reala de perros bestiales, esquilmado lo que haga falta, hacia el escombro baldío que dejan las oportunidades de negocio. La convulsa codicia no sólo no descansa nunca, sino que se evidencian en los eructos de las SICAV, con sus aciagos algoritmos, con sus élites extractivas hipócritas de generación en generación, sus obsesiones patológicas con las cuentas de resultados.
Aunque pareciera que la luz que nos llega fuera negra infame, aunque nos asedian las ingenierías heladoras de los metales nobles y las tierras raras, aunque los sabios que pudieran mostrar semillas de esperanza se han subsumido en las alcantarillas de los escalafones sagrados, los hombres seguimos siendo hombres, seguimos seres ardientes, seguimos deseando amar y ser amados. Y seguimos irradiando preguntas que persiguen preguntas que persiguen indicios que persiguen fundamento que persigue la confianza en la realidad, preguntas que persisten, tenaces, inasequibles al desaliento maloliente que los fluidos de las abyectas ciudades nos provocan. Lo que de mejor que pareciera que hay en las entrañas humanas sigue siendo expresado por lo mejor de los mejores en lenguajes que superan el desencanto y la amargura. Los mejores poemas son los de amor. ¿Un brutal y sardónico absurdo o una sutil pero indeleble persistencia de la confianza última o primera en el poder de lo real?
Me resisto a aceptar que vivimos remake sobre remake del pesimismo. Sigue habiendo destellos que habitan más allá de lo que suponemos abisal y necrófago del ser humano en medio de los vientos de colapso. Resuenan en el silenciamiento consciente y en el ayuno que sanea.
Nos pongamos como nos pongamos, podemos amar. Fulgor.
Podemos rezar. Fulgor sobre fulgor.
No tenemos sed. Somos sed.
Misterio de ser.