Cristo Jesús, vino el Espíritu
pero la vida en mis ciudades
parece lo mismo
en sus prioridades:
facturas, tráfico, artefactos.
Mis ciudades siguen siendo
caóticos burdeles de fracasos
donde los propios moradores,
dañados,
dañinos,
ávidos,
siguen embaulando
falsas monedas
de los desguaces
camino de alcantarillas
ruinosas,
siniestras,
colmatadas
de indestructible
basura.
Vino el Espíritu.
Pero hago lo mismo,
sufro lo mismo,
algo sádico,
impune,
oxidado
me oprime el pecho,
como siempre,
como si fuera a despedazarme
desatinado,
desvertebrado,
autodespreciado.
Me nutro, aún,
como un náufrago,
insomne,
de tristes tópicos de pantallescos,
estériles,
resentidos,
falsos, falsos, falsos.
No sé si soy yo.
Me miro al espejo
y no reconozco a ese extraño ser,
triste,
neurótico,
fragmentado,
que intenta respirar
como si estuviera sumergido
en un barril de escamas de acero.
Vino el Espíritu.
¿Qué me ha cambiado?
¿En qué he crecido?
¿Dónde y cómo las novedades?
Persisto subsumido
días y días
en infames ecuaciones
tridimensionales,
absurdas.
Palabras,
palabras,
palabras,
simulacros de identidad,
faramallas ciegas,
ebrias,
narcotizadas
con imposturas
grotescas.
Vino el Espíritu.
No es suficiente sonreír.
Ya lo hace el usurero.
No es suficiente ser amable.
Ya lo hace el cínico mafioso.
No es suficiente no mentir.
Ya lo hace los departamentos
de recursos humanos
formados
en prestigiosas
escuelas de negocios.
Vino el Espíritu.
¿Cómo fuera posible
afinar el corazón
entre tantos edificios de metal y vidrio?
¿Cómo fuera posible
renovar la mirada
entre tanta seducción de insustancialidades?
¿Cómo fuera posible
sanear las emociones
entre tanta y tanta ruina
metálica y tóxica?
Vino el Espíritu.
¿Dónde lo esencial?
¿Dónde la purificación?
¿Dónde la redención?
Vino el Espíritu.
¿Dónde el fuego que urge?
Vino el Espíritu.
¿Cuál es mi índole?
¿Quién soy?
¿Quiénes somos?
Acaso lo mejor y más excelente
a lo que cabe llegar en esta vida
sea guardar silencio
y dejar allí obrar y hablar a Dios .